Si has estado alguna vez en Madrid, seguro que conoces la famosa fuente de Cibeles, con la diosa subida en su carro tirado por dos leones. Es una de las imágenes más reconocibles de la ciudad, pero ¿sabías que, según la mitología, esos dos leones fueron en realidad una pareja de enamorados castigada por los dioses? Y hay un detalle curioso: están condenados a permanecer juntos para siempre, pero sin poder mirarse el uno al otro.

Para entender esta historia tenemos que viajar a la mitología griega, donde encontramos a dos protagonistas muy particulares: Atalanta e Hipómenes.
Atalanta era una joven extraordinariamente bella, fuerte y deportista. Su historia no empezó precisamente bien. Su padre, que deseaba tener un hijo varón, la abandonó al nacer en un bosque. Por suerte, unos cazadores la encontraron y se hicieron cargo de ella. Atalanta creció en contacto con la naturaleza y se convirtió en una mujer independiente, valiente y, sobre todo, rapidísima corriendo.
Admiraba especialmente a Artemisa, la diosa de la caza y de la naturaleza salvaje, que había elegido permanecer virgen y no casarse. Atalanta decidió seguir su ejemplo y no quería saber nada de pretendientes ni de matrimonios. Sin embargo, no todos estaban dispuestos a aceptar su decisión.
Para librarse de los hombres que querían casarse con ella, Atalanta propuso una prueba que parecía imposible de superar: se casaría con aquel que consiguiera vencerla en una carrera a pie. El problema era que quien perdiera tendría que pagar con su vida. Como puedes imaginar, muchos jóvenes lo intentaron, pero ninguno consiguió ganarle… Hasta que apareció Hipómenes.
El joven estaba enamorado de Atalanta, pero sabía perfectamente que no tenía ninguna posibilidad de vencerla corriendo. En lugar de confiar en su velocidad, decidió recurrir a la astucia y pidió ayuda a Afrodita, la diosa del amor y del deseo. Afrodita, que no veía con buenos ojos el rechazo de Atalanta al amor, decidió ayudarlo y le entregó tres manzanas de oro procedentes de un árbol sagrado.
El plan era sencillo: durante la carrera, Hipómenes debía dejar caer las manzanas para distraer a Atalanta, y funcionó. Cada vez que el joven lanzaba una manzana, Atalanta se detenía a recogerla, maravillada por su belleza. Con las dos primeras consiguió recuperar el tiempo perdido y volver a alcanzarlo, pero la tercera fue decisiva. Atalanta no pudo resistirse a recogerla y, mientras perdía unos segundos preciosos, Hipómenes cruzó la meta antes que ella. Así fue como la venció y consiguió casarse con ella.
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Se casaron y al parecer, fueron bastantes felices. Hasta que un día, entraron en un templo consagrado a Cibeles para entregarse el uno al otro. Aquello no gustó nada a la Diosa Cibeles quien lo consideró como un sacrilegio. Y les castigó: convirtió a la pareja en un par de leones condenados a tirar eternamente de su carro. Eternamente juntos, pero sin posibilidad de mirarse. Una crueldad ¿no crees?

Por cierto, los leones del Congreso son también ellos: Atalanta e Hipómenes. Así que, si te encuentras con ellos, ya sabes qué historia se supone que esconden.